sábado, 6 de mayo de 2017

21/11/2015 - 05:56     Clarin.com     
Sociedad    

Bariloche, 1986.

Mundos íntimos: El sueño de vivir en el Sur fue difícil, pero salió bien


Un padre aventurero que quería empezar de nuevo. Una madre que dudaba entre el cambio y el temor a seguir en el Gran Buenos Aires luego de un asalto. El hijo mayor, que narra esta historia, recuerda las peripecias y su entusiasmo con las mujeres que recorrían la nueva ciudad. Por Emilio Di Tata Roitberg.
















Emilio, a los 16 años, ayuda en la construcción de la nueva vivienda familiar en Bariloche


Hace casi treinta años, nos vinimos con mi familia a vivir a la Patagonia. Dejamos una linda casa y un negocio en el Gran Buenos Aires, a nuestros parientes y amigos y nos lanzamos a la aventura.
Hicimos el viaje en dos viejas camionetas F-100, con todos nuestros bártulos a cuestas: mi papá, mi mamá, mis dos hermanos más chicos y dos albañiles. Tardamos tres días en hacer el trayecto, entre González Catán y Bariloche. Había que parar cada tanto, porque el motor de la camioneta más vieja se recalentaba. La más nueva llevaba un trailer con una hormigonera, palas y baldes de construcción. Acá nos esperaba un terreno pelado, en la puerta de entrada a la meseta patagónica, aunque mi papá confiaba en levantar una casa antes de que llegara el invierno.
Yo tenía 16 años, en ese momento, mis hermanos 8 y 9. Lo habíamos tomado como unas vacaciones, supongo. Mi mamá, en cambio, estaba preocupada. Le daba miedo dejar a su familia y a sus vecinos de toda la vida, largar una panadería con clientes y una buena entrada para ir a un lugar donde no conocíamos a nadie, a vivir quién sabe de qué. ¿Con qué necesidad? Durante años mi papá había tratado de convencerla de dar el gran paso. Era un sueño que él tenía, aún desde antes de conocerla: irse a vivir al Sur.
Mi papá, Bubi, tenía espíritu aventurero. Siempre estaba encarando algún negocio nuevo, sólo porque se aburría de hacer siempre lo mismo. Había sido metalúrgico, mecánico de autos, constructor; tuvo un puesto de diarios, una panadería, un local de flippers, una panadería otra vez ... Bubi ponía en marcha cada negocio de cero y luego, si todo iba bien, vendía el fondo de comercio y arrancaba de nuevo.
Algunos negocios le salían mejor que otros. A la primera panadería la perdió casi íntegra en el Rodrigazo, el estallido inflacionario del 74, y su aventura como empresario de pompas fúnebres duró sólo unos meses, porque no se animaba a cobrarle a los parientes del difunto (después del funeral de una nena del barrio se puso tan mal que bajó la persiana: vendió los cajones y el fairline negro a precio de costo).
Mi mamá, Gloria, lo seguía en todas sus aventuras. Atendía el mostrador o el teléfono en cada emprendimiento, y aceptaba con paciencia los cambios de domicilio, siempre y cuando no nos mudáramos muy lejos: Laferrere, Casanova, San Justo, como mucho Ramos Mejía. ¿Cómo fue que se animó a un cambio tan drástico? Fue en la tercera o cuarta panadería que tuvimos, en González Catán, una vez que la asaltaron y secuestraron mientras hacía el reparto.
Dos tipos se subieron a la camioneta y la usaron de chófer mientras asaltaban varios negocios: uno bajaba a robar y el otro se quedaba apuntándole con el revólver. También a ella le llevaron la recaudación, aunque no la agredieron, más allá de algunas amenazas. Gloria se mantuvo tranquila durante toda la secuencia, pero al volver estaba tan asustada que no se atrevía ni a salir a la calle.
Ahí empezó a pensar que tal vez no fuera tan mala idea irse a vivir a un pueblo chiquito del interior. ¿Qué mejor que Bariloche, un lugar tan lindo, como mostraban siempre por la tele? Lagos, montañas, chocolate artesanal, perros San Bernardo correteando con el barrilito colgado del cogote …
Mi papá aprovechó la oportunidad. Se tomó un avión un lunes a la mañana (nunca había volado) y al volver el viernes dijo que ya había dado la seña por un terreno. Una esquina en la parte alta de la ciudad, contó. Un barrio nuevo, donde estaba todo por hacer.
A mí también me entusiasmaba la idea de un cambio. No era un adolescente con muchos amigos que digamos. Detestaba mi escuela (un Industrial en La Tablada donde ya en esa época había problema de drogas y violencia). Además, me moría de ganas de conocer la nieve. No como turista, yo quería vivir ahí.
Bubi puso en venta la panadería y la casa, y pronto aparecieron compradores. Pasamos el verano haciendo los preparativos para el viaje. Había que firmar papeles, dar de baja servicios. Por una razón u otra, la salida se postergaba. Para ese entonces a mi mamá ya se le había pasado el susto y empezaba a pensar que esto de irnos al Sur era una locura.
Hicimos el viaje, de todos modos. Pasamos del calor agobiante de Buenos Aires a un clima cada vez más fresco. Llegamos un sábado, a fines de febrero. ¿Y? ¿Qué les parece?, preguntó Bubi. Los temores de mi mamá parecieron confirmarse. El barrio El Alto no se parecía a las postales que habíamos visto de Bariloche. Había una linda vista al lago y las montañas, es verdad, pero el barrio en sí era bastante rasca. De un lado ranchos de madera y calles sin asfaltar, del otro un páramo de arbustos pinchudos.
No se veían esquiadores, ni chocolaterías, ni San Bernardos con barril. Gloria se quería morir. Bubi insistía en que el lugar era excelente. Estaba en la calle principal, decía, en la entrada de varios complejos de viviendas del gobierno, no terminados todavía, pero que pronto se iban a convertir en un hervidero de gente. Un lugar ideal para poner un par de locales y vender lo que sea. Mamá quería pegar la vuelta y volverse ahí mismo. Mis hermanos correteaban por los alrededores, con unos perros que aparecieron a darnos la bienvenida. Los albañiles fumaban, esperando el veredicto.
Mientras discutían, yo me di un baño en una palangana, me puse mi mejor pilcha y me fui a dar una vuelta al centro, que estaba a unas veinte cuadras, montaña abajo. Me pareció un lugar chico pero animado, con construcciones alpinas y turistas hablando en todos los idiomas, mochileros, estudiantes en viaje de fin de curso. Caminando por la calle Mitre, sentí que alguien gritaba. Miré. En un hotel de egresados, una chica de más o menos mi edad se asomaba por la ventana, desnuda de la cintura para arriba. “¡Llegamos a Bariloche!”, gritaba emocionada. Debe haber sido el primer par de tetas que vi en mi vida, fuera de la revista Destape. “Guau”, pensé, “este lugar está buenísimo. Me quedo a vivir acá.”

















Hoy, frente a esa casa en la que aún viven sus padres y que le genera tantos recuerdos

Los primeros tiempos, sin embargo, fueron muy duros. Pese a ser teóricamente verano, hacía un frío y un viento a los que no estábamos acostumbrados. Por unos días dormimos en las cajas de la camioneta, mientras cavábamos las zanjas para los cimientos. No fue nada fácil. A diferencia de la tierra negra y blanda de Buenos Aires, aquí el suelo era una mezcla de arena y ripio bien compacta, en la que cada palada costaba un triunfo. Pronto descubrimos, además, que nuestro barrio estaba construido sobre lo que había sido el primer basural de Bariloche. Pasando los treinta centímetros la pala se topaba con gomas viejas, botellas de Bidú Cola, pedazos de inodoro o fierros oxidados.
Trabajábamos todos los días, con mi papá y los dos albañiles, el viejo Adolfo y Juancito. Juancito era un ayudante todo terreno que tenía mi papá: petiso, ocurrente, sin mucha idea de nada pero muy voluntarioso. Por las tardes, después del horario de trabajo, se preparaba una mezcla de vino El Arriero y alcohol fino que lo ponía más alegre todavía (aunque a veces se le iba la mano y terminaba viendo bichos y gritando como loco).
Don Adolfo también empinaba el codo, aunque de forma más discreta. Era un misionero muy serio, de grandes bigotes, hijo de lituanos o polacos, capaz de levantar paredes y doblar estribos a toda velocidad. Era el as en la manga de mi papá para construir rápido un par de piezas antes de que llegara el invierno. Sin embargo, Don Adolfo fue el primero que abandonó. Su origen litoraleño pesó más que su sangre nórdica, y a sólo dos semanas de estar ahí dijo que no aguantaba el frío y se volvió a Buenos Aires. Algo de razón tenía. Como Napoleón, habíamos subestimado el efecto del invierno, que ese año arrancó más temprano de lo esperado.
La construcción avanzaba despacio, ya que por ser zona de terremotos había que hacer encadenados con estructura antisísmica. Cuando al fin logramos llenar las primeras vigas, cayó tal helada que quemó el hormigón: hubo que tirarlas y hacerlas de nuevo, esta vez con anticongelante.
“¿Esto le parece frío, compadre?”, le decían a mi papá los vecinos, casi todos chilenos, que hablaban con el acento alegre y la voz finita de Patricio Contreras en la novela Buscavidas. Como la construcción de la casa se demoraba, armamos dos casillas de madera, una para nosotros y otra para Juancito. Eran precarias, aunque fáciles de calentar. Compramos un par de salamandras, porque en el barrio aún no pasaba la red de gas natural.
Tanto que quería conocer la nieve, al fin la conocí, y en cantidad. Eran tiempos anteriores al calentamiento global. Para mayo ya caminábamos con nieve a la altura de las rodillas. Al menos en El Alto, donde nieva mucho más que en el centro de la ciudad. Ese año aprendí a usar el hacha. A desgajar la leña en astillas, de modo que entraran en la hornalla, a hacer y mantener el fuego. Vimos la final del Mundial 86 en nuestra casucha de madera, gritamos los goles en medio de una nevada inolvidable.
Todo cambio, aun cuando es para bien, tiene su lado traumático. Para mí, al principio, fue un bajón cambiar la Gran Urbe por un pueblo chico, donde se veían todos los días las mismas caripelas; pasar de todos los cines de la calle Lavalle a un solo cine, de todos los canales y radios de Buenos Aires a un solo canal y una sola radio (¡Radio Nacional!).
Uno de los problemas para insertarme era la actitud de los nycs, los nacidos y criados en Bariloche, que consideraban intrusos a los recién llegados, unos paracaidistas que venían a perturbar la paz de su pueblito de montaña. Más una vez escuché decir frases como: “Qué sabrás vos, porteño…”. Era inútil aclarar que, para los porteños, los del Gran Buenos Aires éramos y somos provincianos. La mortadela del sándwich.
No todo era un bajón. Mi nueva escuela era mucho más linda, y mis compañeros, civilizados. Pasé de un Industrial deplorable, donde no veía una mina ni en foto, a una escuela con chicas, una más linda que la otra. Y en la clase de Literatura tuve una profesora que me alentó a escribir mis primeros relatos, y me hizo pensar que la idea de ser escritor no era tan descabellada.
Fue una época memorable. Por un lado la emoción de empezar de nuevo, por otro el desarraigo, que a mi mamá le costó más superar. Lo hizo porque vio que nosotros éramos más felices aquí.
Hoy me siento un sureño más. Nunca seré un nyc, pero estoy del todo aclimatado. Tanto que hoy me siento un turista cuando voy a Buenos Aires. Me resulta insufrible el calor del verano, el tráfico, la “sensación de inseguridad”. Y algún acento sureño debo tener, ya que más de uno me dice, cuando me escucha: “Vos no sos de acá, ¿no?”.

















Nuevo hogar. El autor (remera azul) con sus dos hermanos (izq.) y sus padres, tiempo después de terminar la casa.


El Autor: 

Emilio Di Tata Roitberg. Escritor, nació en Buenos Aires, se crió en el conurbano y desde su adolescencia vive en la Patagonia donde retrata realidades alejadas de las postales turísticas. Alternó su actividad literaria con los más diversos oficios: panadero, albañil, empleado de comercio, camionero. Es autor de la serie de novelas policiales “El Oso”, del libro de cuentos “Mosquita Muerta” y del thriller “González Catán” cuya publicación fue sugerida por los miembros del Jurado del Premio Clarín Novela 2014. Aficionado al café con amaretti y a dar largas caminatas, lleva siempre encima su birome y su libreta, en la que anota diálogos que le cuentan o “pesca” al azar.



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https://www.clarin.com/sociedad/mundos_intimos-emilio_di_tata_roitberg-vivir_en_el_sur_0_rkPiZxFw7g.html

jueves, 19 de enero de 2017

Coronación de un best-séller patagónico

El Oso. Publicada originalmente como un folletín, la novela policial de Emilio Di Tata Roitberg ya agotó cuatro ediciones. Retratos de un éxito y de su autor.
AUTOR: Rodolfo Edwards
Emilio Di Tata Roitberg se ha convertido en un fenómeno editorial en la Patagonia. Su novela El Oso agotó cuatro ediciones y va por más. Incluso ya tiene una edición inglesa. Edhasa reeditó recientemente este exitoso policial, que se distancia de otros productos del género porque Di Tata Roitberg está muy lejos del tono ácido o el pastiche caricaturesco alla Pulp Fiction que suelen caracterizar los textos que se enancan al tópico de la marginalidad. “Me gusta escribir sobre lo que sé, sobre lo que conozco bien. Me encantan los destellos de genialidad que tienen los narradores orales, gente que tal vez no lee nada pero es muy buena narrando” dice este flaco, sonriente y algo tímido escritor que irradia serenidad al hablar del éxito de su novela.Di Tata Roitberg nació en la ciudad de Buenos Aires pero creció en el oeste del conurbano bonaerense, en una zona entre Laferrere y González Catán. Recuerda una canción de Joaquín Sabina que mentaba esos lugares: Dieguitos y Mafaldas , aquella que habla de una chica “pulenta” que se tomaba el 86, con el cartelito “La Boca X Laguna”, para ir hasta la Bombonera.
Su padre pasó por muchos oficios: fue canillita, trabajó en la construcción y también se dedicó a montar variados tipos de negocios, lo que obligó a la familia a constantes mudanzas. Finalmente recalaron en Bariloche, donde abrieron una panadería hacia finales de la década del ochenta. Arraigo y desarraigo, un vaivén de lugares e identidades fueron forjando un espíritu nómade que marcó su obra. Siendo veinteañero Di Tata Roitberg volvió a Buenos Aires; recaló en una pensión del barrio de Monserrat, con el claro objetivo de dedicarse a escribir.
Corrían los años 90 y tuvo como vecinos a unos rusos, exiliados del descalabro de la vieja URSS. Lecturas de los clásicos rusos se mezclaban con los olores de la cocina y los relatos de estos exiliados forzosos que se sentían felices de vivir en la Argentina, minimizaban cualquier inconveniente y le decían a cada rato “en la Unión Soviética es todo mucho peor”. Cuando llegó a la Reina del Plata pensaba encontrarse con los personajes de Rayuela de Cortázar pero en vez de la Maga o Gregorovius se le aparecían como espectros “personajes de sainete de los años veinte” y una Buenos Aires anacrónica y aluvional que no se correspondía para nada con sus sueños. En 1998 recibe un importante incentivo: gana el premio de narrativa del festival cultural “Buenos Aires no duerme”. También vivió en Madrid y Jerusalem. Esa experiencia viajera sirvió, en cierta manera, de envión para su escritura: “Gogol escribió buena parte de su ‘obra rusa’ en Roma. Cuando estuve viviendo en Madrid, yo escribía sobre Bariloche Es bueno tomar una distancia para escribir”, afirma. A la hora de las influencias nombra a Tolstoi, Graham Greene y Milan Kundera y a los locales Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa.
En El Oso un narrador testigo sigue las andanzas de Andrés, un joven antihéroe que nunca termina de enderezar su vida y se ve involucrado, un poco de rebote, en una telaraña criminal de la que no puede zafar arrastrado por una inercia y una abulia que lo someten a decisiones ajenas; finalmente termina en la cárcel.
Pero en medio de ese desastre existencial, Andrés encuentra una fantasía perfecta, una especie de oasis con formas femeninas que consigue despertar en su mente una ilusión, una esperanza, una posibilidad de desandar el camino del infierno: “Por un segundo sus miradas se cruzan. La piba tiene los ojos entre marrón y verde, y una remera amarilla muy corta que le deja al aire el ombligo. A Andrés le dan ganas de acariciarle la cabeza como a un perrito, decirle: ‘No te asustés, bebe, acá estoy yo, yo te voy a cuidar…”. “La chica del ombligo”, será la musa de El Oso , su estrella guía, y volverá a aparecer en la continuación de la saga: El Oso en Villa La Angostura , ya publicado en la Patagonia en 2009.
El relato abunda en peripecias y situaciones que pasan ante los ojos del lector como ráfagas que permiten componer un cuadro fidedigno del “lado oscuro de Bariloche”, ciudad clásicamente asociada al turismo, al esquí y al frenesí de fiestas de egresados. En El Oso están bien demarcados los espacios sociales: a orillas del lago Nahuel Huapi habitan las clases más favorecidas y en el “alto” viven los pobres y el lumpenaje; para llegar al “centro” hay que “bajar”. “Andrés baja un par de veces más al centro; algunas veces con Fatiga, otras con Julián, el hermano más chico”. Los personajes que rodean a “El Oso” traen remembranzas de aquel grupo de amigotes de Los inútiles de Fellini, hundidos en un oscuro pozo de hastío y ausencia de proyectos: “En la placita de la desolación cae la noche y aparecen los vampiros: El Negro Peña, los Velázquez y el flaquito ese… ¿cómo se llama? Andrés se ríe solo. Sabe que tiene un nombre estúpido pero no lo recuerda.” Di Tata Roitberg aclara que no le gustan los estereotipos y que le interesa la realidad que sucede fuera de los convencionalismos. Se queja de los escritores que suelen vender un cotillón armado con pertenencias y costumbres sociales previsibles. “Todos vivimos en el lodo pero algunos miramos a las estrellas”: esa cita de Oscar Wilde le sirve al escritor patagónico para explicar los cruces sociales que atraviesan el mundo de sus personajes.
El Oso se publicó por primera vez en forma de folletín en la revista Castillos de Palabras, algo que revela la atracción que siempre sintió su autor por la literatura seriada como la que practicaba el Premio Nobel Isaac Bashevis Singer, uno de sus modelos a la hora de escribir. A partir de su primera edición en libro (en 2007, se agotó en tres meses) el derrotero de El Oso fue imparable. Empezó vendiéndose muy bien en Neuquén y Río Negro, lo que decidió a Di Tata Roitberg a largarse a una “gira nacional”: “Empecé a cargar de libros el maletero y recorrí todo el litoral, me metí por esas rutas internas de Santa Cruz, Chubut, Tierra del Fuego. Me sentía como en una película de Carlos Sorín”, cuenta divertido. Dice que en todos los lugares tuvo una muy buena recepción y que ofreció charla en colegios, correccionales para menores y penales. En la cárcel de alta seguridad de Viedma tuvo una prueba de fuego: se enfrentó a personas parecidas a los personajes de El Oso y sin embargo muchos de los internos, después de leer la novela, terminaron convencidos de que él era un ex convicto.
Di Tata Roitberg parece desafiar con su estilo simple, lineal y efectivo, cercano a la narración oral, la impostada densidad verbal o los rodeos a los que nos tienen mal acostumbrados otros autores.
El Oso en cambio es “apto para todo público”: “Mi objetivo es que el libro se deje leer. Yo no coincido con algunos escritores que sostienen que leer es un ‘trabajo’, que no es lo mismo que mirar la tele pero para mí leer es un placer o debería serlo. Se pueden tratar realidades muy complejas pero contándolas de manera llevadera”.
En tiempos llenos de estímulos tecnológicos, El Oso narra su historia con sequedad de fábula urbana, sin aditamentos ni colorantes, con un ritmo parejo y sostenido y un protagonista que evoca a cualquier pibe de barrio, abandonado a su suerte. Sin imponer moralejas cuenta lo que hay que contar con una economía de recursos que permite respirar entre las palabras, andar por un terreno desmalezado de glosolalias o florituras verbales. Quizá lo que tenemos más cerca es lo más arduo de contar: Di Tata Roitberg se hizo eco de esa cercanía y le puso voz a estas almas desoladas.

http://www.clarin.com/rn/literatura/Coronacion-best-seller-patagonico_0_rJBrQ_qPQl.html

Relata en Clarin - 5 de Abril de 2014

UNA MIRADA PERSONAL SOBRE LOS GRANDES TEMAS COTIDIANOS

Todo lo que aprendí de mi abuela gallega

Rígida, emprendedora, brava. Ella no tenía buena fama en la familia: el nieto la había visto apenas un par de veces. Pero a los seis años debió ir a vivir con ella y descubrió a una mujer que, luego de un fracaso, sabía cómo empezar de nuevo.
El autor con su abuela Amelia Fraiz y su hermana recién nacida.

Emilio Di Tata Roitberg Escritor. Entre Sus Libros Figuran “El Oso” Y “Mosquita Muerta”.
Qué había llevado a la abuela Amelia a dejar la Capital e irse a vivir sola al campo? Mi abuela tenía fama de brava. Era una gallega de modales enérgicos, por no decir bruscos, que decía lo que pensaba, y a las disputas con las vecinas las solía terminar de un sartenazo. Estaba peleada con casi todos los hijos y nueras, y a muchos de sus nietos ni los conocía. Yo la había visto un par de veces solamente.
Daba la impresión de estar siempre enojada. Sus ojitos azules parecían los de un águila a punto de atacar.
La conocí mejor el verano que pasé con ella en J. J. Almeyra, un pueblito casi inexistente de la provincia de Buenos Aires. Almeyra no tenía ni una calle asfaltada, y a la casa de mi abuela no llegaba la electricidad. Cuando mi papá me llevó en el Rastrojero y me dijo que iba a quedarme ahí hasta que mamá se repusiera, se me fue el alma al suelo. No imaginaba mi vida sin Los Tres Chiflados o El Chavo, como un nene de hoy no se debe imaginar su vida sin jueguitos por Internet. Sin contar que la abuela Amelia me daba un poco de miedo. Era “mi otra abuela”, en contraposición a la viejita dulce y tierna que vivía a dos cuadras de mi casa. Está por llover, dijo mi papá, mejor me voy antes que se haga un barrial.
Ahí quedé. A la falta de televisión la compensé con otras novedades: corretear por los yuyales, tomar el agua fresquita de la bomba y prender las velas al anochecer. Mi abuela tampoco resultó tan terrible. Nos hicimos compinches enseguida. La acompañaba a ordeñar la vaca, a podar los frutales. A los huevos les poníamos la fecha con una fibra para saber cuál comer primero. Para paliar el síndrome de abstinencia, algunas tardes me iba a ver los dibujitos a lo de doña Irmita, una señora del pueblo que tenía luz y con la que mi abuela no estaba del todo peleada.
Mi abuela tenía espíritu emprendedor. Siempre estaba planeando algún nuevo negocio, aunque no siempre le salían bien. Estaba muy sola, en ese aspecto. Mi abuelo fue siempre un hombre tranquilo, poco inclinado a acompañarla en sus aventuras, y la empresa que más tarde montó con sus hijos mayores terminó en una tremenda disputa y una hipoteca imposible de levantar.
Con los restos del naufragio mi abuela compró el campito en J. J. Almeyra, donde planeaba volver a empezar. Nunca se había sentido a gusto en la ciudad, decía, y la vida de campo la hacía feliz. Mi abuelo Emilio, ávido lector y urbano hasta la médula, prefirió quedarse en Buenos Aires. Se veían cada dos o tres semanas.
Por Almeyra pasaba el tren una vez al día, un tren de trocha angosta que hacía escala en todos los tambos. Una mañana lo tomamos. Pastos verdes, vacas, puentes de hierro con remaches, estaciones con nombres rimbombantes... Nos bajamos en Libertad y esperamos el colectivo. Mi abuela le dijo al chofer: Dosh boletus a Leniéresh . ¿Adónde? Mi abuela hablaba una mezcla de gallego y criollo muy particular. A la gente la trataba un rato de usted y un rato de che. A los nombres de los lugares y a las personas los modificaba a su gusto, y se enojaba si no la entendían.
¡Leniéresh, donde está el mercadu!
¡Ah, Liniers! El colectivo iba lleno. Un hombre se paró y le dijo a mi abuela: Sientesé, abuela. Mi abuela lo miró de arriba abajo y le contestó: ¿Por qué me dezís abuela? Yo no shoy abuela tuya. Que yo sepa, osté y yo no tenemus ningún parentescu … Prefirió quedarse parada, y eso que el viaje era largo. De ahí aprendí a no decirle nunca abuelo a ningún viejito.
Hasta el día de hoy no sé a qué atribuir la actitud de la abuela Amelia, su manera de encarar la vida siempre con los tapones de punta. Será porque recibió muchos sopapos desde que salió de su aldea, o porque a pesar de sus esfuerzos nunca había podido lograr una posición desahogada. De sus seis hijos sólo tenía contacto con los dos más chicos, mi tía Norma y mi papá, que no participaron del negocio familiar. Con los vecinos no se llevaba para nada, pero la gente pobre de Almeyra y de su antiguo barrio la quería, porque siempre estaba dispuesta a ayudar y a compartir con ellos lo poco que tenía. Había aprendido a leer ya de grande, y se había convertido en una alfabetizadora vocacional. Les enseñaba a leer a los chicos que no habían podido ir a la escuela, sin cobrar nada –aunque dándoles unos buenos coscorrones si eran muy duros de mollera–.
Ven, rapaziño , me dijo. Habíamos llegado: el Mercado de Frutas y Hortalizas de Liniers, un galpón más grande que la Iglesia de Luján. Caminamos entre bolsas de papa negra y papa blanca, bolsas de red con zanahorias, cajones de tomates apilados casi hasta el techo. Sonaba un tangazo en la radio. Un estibador con el pecho desnudo coreaba la letra mientras voleaba las bolsas de setenta kilos.
Había que moverse con cuidado. Zorras cargadas hasta el tope pasaban rechinando las ruedas. Camiones y camionetas se acomodaban marcha atrás. Mi abuela me llevaba bien agarrado, para que no fuera a terminar aplastado. Me hacía sentir seguro el contacto con su mano, blandita por fuera pero firme como el hierro.
Che, vosh … ¿dónde eshtá el Cabrera?, le preguntó a un hombre que pasaba con un cajón al hombro. Cabrera, Cabrera… el tipo se rascó la cabeza.
Todu’l mundu lo conoce, le dicen El Negritu ... ¡Ah, usted dice Cabral! ¿Y qué te eshtoy diziendu, hombre de Diosh ? El Negrito Cabral era un morocho gigantesco que hablaba por walkie talkie, un aparato que hasta ese momento yo había visto únicamente en las películas de guerra. Sólo la Triple A y los Montoneros tenían en ese tiempo un equipo tan sofisticado. Y el Negrito Cabral, que recibía las cotizaciones de verdura al instante. La remolacha subía 200 pesos, la batata bajaba 100… Un pibe anotaba con tiza los números en la pizarra. Detrás de un escritorio, entre cajones de repollo, una secretaria decía: “Ahora mismo no lo puede atender, ¿puede llamarlo en diez minutos?”.
El Negrito Cabral era un magnate de la compra y venta de verduras, pero a mi abuela la trataba de igual a igual. Qué hacés Gallega, le dijo.
¿Cómo andásh, Negritu?
El Negrito Cabral tenía en la cabeza el mapa completo de la Argentina, sabía qué tierra era la mejor para tal o cual cultivo, si había llovido o hacía seca en tal región, qué convenía sembrar. ¿Dónde tenés el campo vos, Gallega? En Jota Jota Almeyra. ¿Adónde? (Ni el Negrito Cabral lo conocía). A veinte kilómetrush de Navarro. Ah… ¿y cuántas hectáreas podés plantar?
Cincu . El Negrito se quedó pensativo: debía ser un volumen muy por debajo al que estaba acostumbrado. Dio una chupada a la bombilla y dictaminó: zapallo. ¿Zapallo? Sí. Plantá zapallo inglés y avisame cuando los tengas. Sacó un fajo de billetes y separó varios de los grandes. Mi abuela hizo un rollo y se lo metió en el corpiño. Eso fue todo. El Negrito no le pidió recibo. No sabía su dirección, ni cómo se llamaba. Yo no comprendía el negocio.
¿Por qué te dio tanta plata el Negrito Cabral?
, le pregunté cuando volvíamos en el tren. Para que compremos la semilla y aremos el campo. ¿Y de quién van a ser los zapallos? De él. No me gustan los zapallos, dije, y era verdad. No me gustaban para nada. No importa, dijo mi abuela. No son zapallos para comer, son zapallos para hacer plata.
Trataba de darme una lección de vida, supongo, mostrarme cómo con pocos recursos y algo de ingenio uno podía hacerse unos pesos. Mi abuela contrató a un hombre que tenía tractor, que en una mañana aró las cinco hectáreas, más otras dos que ella decidió plantar por su cuenta. Entre los dos pusimos las semillas y las tapamos con tierra. Las cuidamos de los pájaros, y cuando dejó de llover regamos cada surco con agua de la bomba llevada en carretilla y en baldes. Mi abuela cuidó las cinco hectáreas del Negrito tan bien como las dos suyas, y cuando llegó la tormenta rezó para que el viento no rompiera las plantas. Para el fin del verano había unos zapallos espectaculares, grandes como mesas. Mi abuela bailaba en una pata. Literalmente. Bailaba la jota y cantaba Airiños, airiños aires, airiños da miña terra… 
En Almeyra no había teléfono, el marido de doña Irmita nos alcanzó en la Ford hasta Suipacha. Entramos a un bar en el que dejaban usar el teléfono. Mi abuela me pidió un submarino y discó el número en uno de esos viejos teléfonos de disco. Chic, taca taca taca taca… La secretaria del Negrito Cabral le pidió que volviera a llamar en diez minutos. Al fin se comunicó. Hola, ¿Cabrera? La vi anunciarle como un triunfo que los zapallos ya estaban, y la cara que ponía cuando él le respondía.
Algo andaba mal.
Me acerqué, se escuchaba bien clarito lo que decían. Al parecer, el precio del zapallo había caído tanto que ni siquiera valía la pena mandar un camión a buscarlos. No puede ser, decía mi abuela, son unus zapashus hermosus… El campo es una ruleta, Gallega, a veces se gana y a veces se pierde. ¿Y ahora qué hagu ?, preguntó ella, la mano crispada como una garra en el auricular. ¿No conocés a alguno que tenga chanchos? Y bueno, vendelos como alimento para chanchos.
Algo te van a dar. Mi abuela se había quedado sin palabras. Vení a verme en setiembre, Gallega, dijo el Negrito, por ahí tenemos más suerte.
Hicimos el viaje de vuelta en silencio. Yo dije: Nunca me gustaron los zapallos.
Esa misma semana vino el chanchero con sus chanchos. Hubo que partir los zapallos con un martillo, la cáscara era tan dura que por más que hocicaban no los podían abrir.
¡Una ruleta!, murmuraba mi abuela.
Claro, alguien como el Cabrera podía darse el lujo de perder una cosecha, pero ella… Los chanchos se hicieron un festín, no quedó un zapallo ni de muestra. O mejor dicho sí: dos zapallos que mi abuela separó, uno para ella y otro para mi mamá. El chanchero le tiró unos mangos y se fue con su tropa. Mi abuela dijo que con la caca de los cerdos el campo había quedado bien abonado. ¿Qué convendría plantar esta vez?
Creo que sí me dio una lección de vida, al final. No cómo funciona la ley de la oferta y la demanda sino cómo no hay que llorar sobre la leche derramada y cómo arrancar de nuevo cuando todo sale mal.
Mis papás vinieron a buscarme, finalmente, con una hermanita recién nacida. Esa era la razón por la que mamá debió guardar cama tanto tiempo. Mi abuela preparó una comida gallega y de postre sirvió zapallo en almíbar. ¿Zapallo dulce? Me negué a probar esa hortaliza traidora, pero al fin accedí. Era la cosa más dulce del mundo. Como mi abuela.
¿Vishte que t’iban a goshtar?
, me dijo. Le di razón.
Qué bueno que a ése no se lo habían comido los cerdos.
publicado el Sábado 5 de Abril de 2014
http://www.clarin.com/sociedad/aprendi-abuela-gallega_0_B1UqSC9wXe.html

La Nacion - 15 de Julio de 2007

Los chicos rudos de Victoria Square

Estuve en... Londres Emilio Di Tata Roitberg
DOMINGO 15 DE JULIO DE 2007
 Tan típicos de Londres como los ómnibus de dos pisos, las casas de ladrillo y los autos con volante a la derecha son los punks de crestas coloradas y cuero con tachas, los chicos rudos del No future , un vestigio de los años 70 que se niega a desaparecer. Les saqué un par de fotos en Picadilly Circus y en Charing Cross, pero no era suficiente: quería una foto con ellos, un testimonio que probara que estuve allí, que yo era un chico rudo también.
Pero me costó decidirme. Llegando a la terminal de ómnibus de Victoria Square los vi. Tirados en una plazoleta, comiendo papas fritas y tomando vino de una botella de Pepsi a las 11 de la mañana. Junté coraje y les hablé. ¿Puedo sacarme una foto con ustedes?, dije Pensé que iban a mandarme al diablo, como poco, pero aceptaron encantados. Se arreglaron la ropa y las crenchas; uno de ellos me sacó la cámara y buscó un voluntario que apretara el disparador.
No fue nada fácil. Todos salían como tejo apenas lo veían acercarse. Ni lo dejaban hablar. El no se daba por vencido. En la mesa callejera de un pub encontró lo que buscaba: un hombre bajito y manco con aspecto de indio, a punto de tomar su tacita de té. El tipo tragó saliva cuando vio a los punks acercarse y rodearlo. Con el alma en un hilo extendió el único brazo y agarró mi vieja Kodak con la punta de los dedos. Clic. Otra más, dijo el punk, que se vea la parte de atrás... Hablaban en cockney, el lunfardo del lado Este, la zona más humilde de Londres. Me costó descifrar lo que decían, con mi escaso inglés de academia barrial. Winston y Billy Boy, 35 y 20 años, respectivamente. Me provocaron una inmensa ternura con su acento de Minguito británico y esa pinta agresiva que era sólo un deseo de llamar la atención.
Nos dimos la mano al despedirnos. Fueron tan simpáticos y amables como todos los ingleses que encontré en aquel viaje. ¿Volveré alguna vez? Quién sabe. Tal vez vea de nuevo a Winston y Billy Boy, algo más veteranos, sobre el césped de Victoria Square.
http://www.lanacion.com.ar/925559-los-chicos-rudos-de-victoria-square



Clarin - 1° de Junio de 2008

EL VIAJE DEL LECTOR

Israel








Gratos recuerdos de la convivencia entre musulmanes, judíos y cristianos en la Ciudad Vieja de Jerusalén.







Viví una magnífica experiencia de convivencia entre árabes, judíos y cristianos en la Ciudad Vieja de Jerusalén, en Israel. Gracias a una mentira piadosa, logré alojarme en un albergue exclusivamente destinado a jóvenes judíos. Sin embargo, no me quedó más remedio que asistir a una clase obligatoria de religión para los huéspedes.

Me acompañaban dos devotos de gabardina negra y casquete. Los seguí por un callejón que traspasa el recinto amurallado. Durante ese paseo compulsivo por el este de la ciudad, tuve el gusto de admirar la Puerta Dorada -donde Jesús pasó montado en su burro- y el Monte de los Olivos, el lugar en el que el Mesías fue abandonado por sus discípulos. Por sobre los edificios, es muy visible la Cúpula de la Roca, una mezquita que convoca a los fieles musulmanes, asomada al fondo del Muro de los Lamentos. En la Plaza del Muro hay un área principal de oración para los hombres y, a la derecha, un sector más reducido destinado a las mujeres.

Al ver que mis guardias iban armados, me dijeron que era por seguridad, ya que cruzaríamos el sector árabe: casas pobres, autos destartalados, mujeres cubiertas por túnicas, niños descalzos que observaban nuestro automóvil reluciente. Hasta que, al cruzar la avenida Jaffa, sentí que saltábamos de Nicaragua a California, ya que resurgieron los vehículos nuevos y las calles impecables.

Una vez que llegamos al jeder en español, ingresó un imponente rabino -con su larga barba blanca y un manto ritual-, que impuso el más absoluto silencio al grupo de seis argentinos, un chileno y un brasileño. Esperé que se dirigiera a nosotros con la tonada idish de la bove Esther, pero nos desconcertó con su fuerte acento mexicano: "Shalom, chamacos...". Nos habló del perdón y la hermandad, de confiar en Dios y ponernos en sus manos en los momentos difíciles.

De la ceremonia me fui a comer un exquisito falafel frente a la Puerta de Damasco, por donde paseaban mercachifles con sus bultos. Por ese sitio emblemático vi desfilar una multitud de judíos ortodoxos, cristianos ortodoxos griegos, franciscanos, drusos, estudiantes palestinas y hasta un recolector de basura punk. También me llamaron la atención dos soldados israelíes que se acercaron a un puesto de comida y fueron atendidos por el vendedor árabe con mucha amabilidad. Tal vez fueron deleitados con un imperdible swagarma (carne de pavo típica de Israel).

Sobre el horizonte se ponía un sol que yo imaginaba bíblico, tiñendo de rojo las piedras milenarias. Era el mismo que alumbró a Jacob al volver del exilio, cuando Dios lo tocó con su dedo y le dijo: "Tu nombre será Israel".



Emilio Di Tata Roitberg
Escritor, de Bariloche, provincia de Río Negro.

Viajó a Jerusalén en 1997.