jueves, 19 de enero de 2017

Clarin - 1° de Junio de 2008

EL VIAJE DEL LECTOR

Israel








Gratos recuerdos de la convivencia entre musulmanes, judíos y cristianos en la Ciudad Vieja de Jerusalén.







Viví una magnífica experiencia de convivencia entre árabes, judíos y cristianos en la Ciudad Vieja de Jerusalén, en Israel. Gracias a una mentira piadosa, logré alojarme en un albergue exclusivamente destinado a jóvenes judíos. Sin embargo, no me quedó más remedio que asistir a una clase obligatoria de religión para los huéspedes.

Me acompañaban dos devotos de gabardina negra y casquete. Los seguí por un callejón que traspasa el recinto amurallado. Durante ese paseo compulsivo por el este de la ciudad, tuve el gusto de admirar la Puerta Dorada -donde Jesús pasó montado en su burro- y el Monte de los Olivos, el lugar en el que el Mesías fue abandonado por sus discípulos. Por sobre los edificios, es muy visible la Cúpula de la Roca, una mezquita que convoca a los fieles musulmanes, asomada al fondo del Muro de los Lamentos. En la Plaza del Muro hay un área principal de oración para los hombres y, a la derecha, un sector más reducido destinado a las mujeres.

Al ver que mis guardias iban armados, me dijeron que era por seguridad, ya que cruzaríamos el sector árabe: casas pobres, autos destartalados, mujeres cubiertas por túnicas, niños descalzos que observaban nuestro automóvil reluciente. Hasta que, al cruzar la avenida Jaffa, sentí que saltábamos de Nicaragua a California, ya que resurgieron los vehículos nuevos y las calles impecables.

Una vez que llegamos al jeder en español, ingresó un imponente rabino -con su larga barba blanca y un manto ritual-, que impuso el más absoluto silencio al grupo de seis argentinos, un chileno y un brasileño. Esperé que se dirigiera a nosotros con la tonada idish de la bove Esther, pero nos desconcertó con su fuerte acento mexicano: "Shalom, chamacos...". Nos habló del perdón y la hermandad, de confiar en Dios y ponernos en sus manos en los momentos difíciles.

De la ceremonia me fui a comer un exquisito falafel frente a la Puerta de Damasco, por donde paseaban mercachifles con sus bultos. Por ese sitio emblemático vi desfilar una multitud de judíos ortodoxos, cristianos ortodoxos griegos, franciscanos, drusos, estudiantes palestinas y hasta un recolector de basura punk. También me llamaron la atención dos soldados israelíes que se acercaron a un puesto de comida y fueron atendidos por el vendedor árabe con mucha amabilidad. Tal vez fueron deleitados con un imperdible swagarma (carne de pavo típica de Israel).

Sobre el horizonte se ponía un sol que yo imaginaba bíblico, tiñendo de rojo las piedras milenarias. Era el mismo que alumbró a Jacob al volver del exilio, cuando Dios lo tocó con su dedo y le dijo: "Tu nombre será Israel".



Emilio Di Tata Roitberg
Escritor, de Bariloche, provincia de Río Negro.

Viajó a Jerusalén en 1997. 

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